un “servicio humanitario” frente a la desidia estatal


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Irene Escudero | Quibdó/Istmina (Chocó) – 7 junio, 2024

Pacha Pasmo ha atendido 8.000 partos en su vida y ningún bebé ha muerto en sus manos. Recibe más nacimientos en su ‘nicho’, una consulta adyacente a su casa, que en el centro de salud en Istmina, un bullicioso pueblo del Chocó, en el Pacífico colombiano. Allí, la partería es un garante para la vida de las mujeres.

“De milagro que esto está vacío”, dice Daira Vanesa al llegar al ‘nicho’ de Pacha, en la planta baja de una edificación de dos pisos, que consiste en dos estancias con ocho camas, estantes con implementos médicos y una nevera llena de botellas con brebajes de hierbas y medicinas naturales.

Esta embarazada llegó hace tres días desde Sipí, una comunidad a hora y media de navegación por el río de Istmina. Es precavida porque en uno de sus anteriores embarazos esperó hasta el último momento para ir a un hospital y rompió aguas en la lancha bajo un aguacero brutal. Parió ella sola en un rancho con suerte porque no tuvo complicaciones.

“Tiene un centímetro de dilatación… pare en la noche”, explica Pacha, tras inspeccionar a la madre. Es el tercer hijo de esta mujer que nace en el  ‘nicho’. Llegó hasta allí porque cuando fue a parir al hospital la tuvieron tantas horas sin atención que decidió irse a un lugar donde la trataran más pronto y con más humanidad; y así llegó hasta Pacha.

Las parteras, Patrimonio de la Humanidad

Francisca Córdoba, una mujer negra imponente a la que todo el pueblo conoce como ‘Pacha Pasmo’, al principio. tenía miedo a la sangre y ayudaba en los partos con los ojos cerrados, pero su fascinación por “recibir pelaos” (niños) acabó con sus sudores fríos y los nervios.

“La partería no se hace, la partería nace; es algo que uno lo lleva en la sangre, es como a quienes les gusta el baile, así es la partería, una quisiera a todas horas estar atendiendo partos”, dice a EFE.

La partería ancestral, practicada en comunidades afro e indígenas, es patrimonio cultural de Colombia y desde el año pasado también Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Solo en el selvático Chocó, según la Asociación de Parteras de este departamento, Asoredipar, hay 1.500 parteras y parteros.

“La importancia en el Pacífico colombiano radica en ese entretejer, en ese enraizar, en comprender un territorio. Es un legado que se transmite a la hija, a la nieta, a la nuera; es una mujer que busca integrar sus saberes tradicionales con los saberes occidentales, pero siempre queriendo preservar la vida del niño y de la mujer”, explica a EFE la presidenta de Asoredipar Chocó, Manuela Mosquera.

Además, la partería en zonas como el Chocó no solo es algo cultural sino que es necesario, porque la falta de infraestructura vial se junta con la desidia estatal y la violencia armada, privando de médicos y centros de salud a la población.

“Pero las parteras hacen esta labor sin esperar por qué o por quién, siempre están con la disposición de ayudar, de preservar una vida, de favorecer a una mujer (…). Es un servicio humanitario”, apunta Mosquera.

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Saberes ancestrales 

Domitila Menas habla sentada bajo su arbusto de pichindé, a orillas del río Atrato, y con casi 70 años aún se le iluminan los ojos cuando menciona a los bebés que ha traído al mundo. A ella tampoco se le he muerto ninguno de los 180 que ha atendido.

“Aprendí sola; a mí no me enseñó nadie”, dice orgullosa esta partera.

Aprendió a las patadas, pariendo a su primera hija en 1975 cuando tenía 20 años. Después, vinieron otros dieciocho embarazos, con 26 hijos -cinco de ellos mellizos-, de los que solo viven diez. Así que ‘Mamá Domitila’ tiene casi 200 “hijos”, entre los suyos y los que ha ayudado a traer al mundo.

“Las parteras terminan siendo las madrinas de los niños que atienden […], son una segunda madre”, explica Mosquera. Las acompañan en el embarazo, atienden a la mujer tras el parto y al bebé en sus primeros meses, incluso dicen que moldean su cuerpo y pueden achatarle la cabeza o ponerle más nalgas solo con los amasijos de sus manos.

Y por ello, no cobran. En una población acosada por el hambre, no hay con qué pagar y simplemente reciben la voluntad o tratan de sacar algo por los brebajes de hierbas naturales y medicamentos que preparan.

Como canta Shakira: ciega, sorda y muda

Domitila sabe que una mujer está embaraza solo al verla cambiar el pie con el que anda, pero lo calla. También sabe si un feto está bien con tocar la base del cuello de su madre con dos dedos. Eso se lo ha dado la experiencia. También sabe que Nancy no está solo de dos meses, tocándole la barriga, ni que tiene los 17 años que dice tener. Sabe que la niña, embarazada de seis meses, tiene apenas 14 años.

“Tienes que dejar de beber alcohol porque la barriga está baja y si te duele en la mañana es por la bebida”, le recrimina a esta niña indígena, en su casa de listones de madera.

Las parteras conocen la realidad de la zona, donde los embarazos adolescentes son cotidianos y la violencia y la pobreza ahogan a las madres, a pesar de que muchas tienen más de 8 hijos. Pero callan.

“Nuestro símbolo en la partería, en la ética, es Shakira. ¿Por qué? Ciega, sorda, muda y -yo digo- torpe. Lo que vemos no tenemos por qué comentarlo, lo que oímos no tenemos por qué sacarlo, lo que tocamos o palpamos es con la gestante”, apunta Manuela.

Son a veces el único apoyo de las madres, las que les limpian la casa antes del parto o les preparan la comida para retomar fuerzas. “La partería es clave en los territorios por los procesos de acompañamiento, por las técnicas que se usan para acompañar, guiar, asesorar en cada ciclo de la vida; la partera no está solo en el momento del parto, como bien se dice, la partera es la primera que asesora a una niña o un adolescente”, recalca Mosquera.

De la mano de la medicina

Pacha calma a las madres que llegan a su ‘nicho’: “No te preocupes, este es un dolor que vale la pena sentirlo; ya después que tú paras se olvida. Porque si uno no se olvidara, uno pariría un solo hijo y nunca más”, les dice Pacha a las madres que llegan a su ‘nicho’, donde ha llegado a atender hasta cuatro partos a la vez.

Saben que un parto a veces es vida o muerte, por eso instan a las madres a que se hagan chequeos al hospital, no atienden cuando ven signos de riesgo e incluso acompañan a la madre al centro médico.

Esa es la fórmula de la baja mortalidad, a pesar del estigma que cargan por la mortalidad materna. “Cuando un niño se muere en un hospital, ¿qué pasó ahí? ¿Lo mataron? Porque como siempre que un niño se muere en manos de una partera es porque lo matamos nosotras”, acusa Pacha.

Para esta partera, lo más importante es “la vida de las personas, que se salven los niños”, y es lo que defienden con sus manos, su conocimiento y sus saberes.



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