La relación ‘familiar’ entre trabajadoras domésticas y empleadoras esconde explotación laboral 


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Ane Amondarain | Quito – 3 junio, 2024

La aparente relación de intimidad y familiaridad que se teje entre trabajadoras domésticas y sus empleadoras esconde violencia psicológica y abuso de poder, e impide que las empleadas del hogar se empoderen y reivindiquen sus derechos laborales ante la precarización e informalidad a la que están abocadas, según un estudio de la organización alemana Friedrich-Ebert-Stiftung (FES) en Ecuador.

Las economistas Alejandra Andachi y Micaela Guanoluisa han elaborado, con la colaboración de la Universidad Central del Ecuador (UCE), esta investigación titulada ‘Vínculos laborales y emocionales: navegando el vaivén de la realidad de las trabajadoras remuneradas del hogar’, que analiza datos entre 2018 y 2022 y en la que se entrevista a trabajadoras del sector.

“Cuando hay situaciones de desigualdad o abuso de poder siempre se busca responder mediante la lucha social. Pero en esta profesión hay una inacción social contra la injusticia por el tejido social entre las trabajadoras y las empleadoras”, asevera en una entrevista con Efeminista la investigadora ecuatoriana Alejandra Andachi. 

Frente a la cantidad de informes sobre la situación laboral de las trabajadoras de este sector feminizado, Andachi y Guanoluisa decidieron ir más allá de la habitual mirada economicista para ahondar en esta realidad a través de la “sociología de las emociones”, con el fin de conocer el por qué de la inacción social, cuando el 62,8 % de ellas están empleadas en la informalidad en Quito frente al 41% de 2018.

Esta cifra evidencia un creciente mercado informal en el que se vulneran los derechos laborales de cientos de empleadas, según la Encuesta Nacional de Empleo, Desempleo y Subempleo (Enemdu).

Andachi explica que uno de los principales hallazgos del estudio es que la “intimidad y familiaridad que se generan entre empleadas y empleadoras”, sumado a sentimientos de “inferioridad”, “culpa” o “vergüenza”, impiden a las trabajadoras del hogar reivindicar sus derechos, lo que da pie a abusos laborales y psicológicos.

Tras el sentimiento de gratitud hay explotación

Esta labor es una cuestión “compleja”, explica Andachi. “En el hogar entran trabajadoras que vienen de fuera, pero que de alguna manera se vuelven una persona más de la familia”, matiza. 

La investigadora advierte de que tras estas relaciones de complicidad entre empleadas y empleadoras, ante las cuales muchas empleadas se sienten gratificadas, se pueden apreciar dinámicas “paternalistas” y de “vulneración de derechos laborales”.

Es común, relata Andachi, que las trabajadoras remuneradas del hogar no reciban una paga extra por Navidad pero sí regalos o que las familias empleadoras les den el material escolar que sus hijas e hijos ya no utilizan para que lo aprovechen los de las trabajadoras.

La explotación laboral tras las relaciones emocionales incluye no estar bien pagada, pero también no tener derecho a vacaciones o no poseer jornadas de trabajo legales.

El problema -asegura la investigadora- radica en la “falta de un contrato que formalice la relación laboral” y que garantice los derechos. De hecho, en 2022, el 58 % de las empleadas domésticas trabajó menos de la jornada legal, un 9 % trabajó más de la jornada legal y apenas un 33 % contó con una jornada legal, según datos de Enemdu.

Además, en 2022, el 74 % de las trabajadoras remuneradas del hogar percibían ingresos por debajo del salario básico unificado y apenas el 3,7 % podía cubrir con su salario el costo de la canasta básica.

Miedo al despido y abuso de poder

Según Andachi, la covid-19 agravó aún más esta situación porque las trabajadoras domésticas se vieron perjudicadas por la Ley Orgánica de Apoyo Humanitario (LOAH), aprobada en 2020 para combatir la crisis sanitaria. “Se suponía que esta ley iba a ayudar, pero perjudicó porque daba al empleador recursos jurídicos para bajar las horas de trabajo a empleadas”, agrega.

Ante este contexto, las trabajadoras no se sindicalizan porque sienten un “miedo constante ante la desigualdad de poder”, pese a las aparentes relaciones de familiaridad.

Esto se materializa en el temor a ser despedidas, a ser acusadas de robo o a enfrentarse a pruebas. Por ejemplo, las empleadoras dejan dinero a la vista para confirmar si pueden confiar en la empleada.

Andachi afirma que hay mucha mano de obra disponible y, como se trata de un mercado laboral que funciona por “recomendaciones”, las trabajadoras viven bajo una presión constante bajo los ojos constantes de sus empleadoras.

Dificultades para constituir un sindicato en Ecuador

El estudio pone en evidencia que “constituir un sindicato en Ecuador es un reto”, más allá del miedo al despido. Por un lado, porque, desde una perspectiva jurídica, se requiere un mínimo de 30 personas que compartan el mismo empleador y este requerimiento se aleja de la realidad en el sector de las trabajadoras domésticas.

Por otro lado, la ley presenta ambigüedades respecto al Código del Trabajo, pues solo aborda organizaciones sindicales por empresa y no prohíbe, pero tampoco desarrolla, los sindicatos por rama. En este sentido, Andachi ve la solución por esta vía.

Esto ha favorecido la existencia de la Unión Nacional de Trabajadoras del Hogar y Afines (UNTHA), compuesta por 135 mujeres afiliadas con edades comprendidas entre los 21 y 70 años.

Conciencia de clase y la sororidad

Preguntada por la situación de las niñas y adolescentes trabajadoras del hogar, Andachi declara que esta realidad se da especialmente entre menores provenientes de zonas rurales que migran a la ciudad para trabajar, pero reconoce que se está  produciendo un cambio de mentalidad.

Según la investigadora, muchas madres trabajadoras remuneradas del hogar empiezan a priorizar la educación de sus hijas, al ver que ellas no han podido acceder a trabajos con mejores condiciones, ya que se iniciaron en este sector a edades muy tempranas.

Poco a poco, asegura, se está rompiendo ese “sesgo de género”, según el cual las familias con necesidades económicas inician a las niñas en tareas del hogar pagadas.

Para romper este círculo vicioso de vulneración de derechos, la investigación hace un llamado a la sindicalización de las trabajadoras domésticas, pero también advierte de que sin un cambio de conciencia social sobre los derechos laborales por parte de empleadores poco o nada se puede hacer.

Andachi concluye que promover el cambio no es sólo una cuestión de conciencia social y derechos humanos, sino también de “empatía” y “sororidad”, porque “debido a los roles de género las relaciones de familiaridad se dan entre las trabajadoras y la mujer de la casa. El señor pocas veces se relaciona con las empleadas del hogar”.



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