Feminismo a la mexicana | lamarea.com


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Cuando hace dos años y medio traduje y edité El manifiesto comunista (Galaxia Gutenberg), decidí incluir, junto a textos clásicos que lo comentaban, también textos de autoras y autores actuales que hablasen de la vigencia, o no, del influyente panfleto de Marx y Engels. Uno de los temas que consideré esencial revisar era el de la relación del feminismo con dicho texto. En 1848 eran muy pocas las personas que se ocupaban de forma abierta, esto es, no a través de la ficción, de la situación específica de la mujer en la sociedad capitalista. O, cuando lo hacían, apenas tenía repercusión, también porque en algún caso escribían sus textos sin intención de publicarlos, como el que escribió sobre el matrimonio Harriet Taylor Mill en 1833 para su entonces amante, John Stuart Mill. Su ensayo La emancipación de la mujer no apareció hasta 1851.

Me parecía evidente que de la misma manera que no podríamos esperar de ambos filósofos una visión medioambientalista, tampoco se les podía exigir dar pruebas de feminismo. Sin embargo, no estaba de más ver qué tendría que decir el feminismo contemporáneo sobre las limitaciones del Manifiesto en ese sentido. No puedo resumir aquí el ensayo de la profesora Wendy Lynne Lee que cumplía esa tarea. Solo diré que mencionaba un aspecto que siguió produciendo enfrentamientos acalorados en el seno del marxismo en los siglos XIX y XX y que aún provoca discusiones entre izquierdistas: el hándicap de la teoría marxista a la hora de analizar la situación de la mujer era considerar que el patriarcado estaba tan estrechamente ligado al capitalismo que, una vez lograda la revolución proletaria y eliminada la propiedad privada de los medios de producción, las mujeres conseguirían automáticamente la igualdad.

Pero para Lynne Lee, como para tantas feministas marxistas, centrarse en los problemas de clase no basta; es imprescindible afrontar de forma independiente la situación de la mujer como asalariada y como trabajadora doméstica y su papel dentro y fuera de la familia. Clara Zetkin, Aleksandra Kolontái y muchas otras marxistas feministas de finales del siglo XIX y la primera mitad del XX ya habían luchado para que se abordaran de manera explícita las opresiones específicas a las que estaban sometidas las mujeres y que no se dejara la resolución de sus problemas para una hipotética caída del capitalismo; las resistencias que encontraron en sus propios partidos dejaban claro que muchos de sus compañeros de filas no parecían sentirse incómodos en el marco del patriarcado. Esa discusión todavía resuena entre quienes defienden la urgencia de las protestas y las políticas identitarias y quienes afirman que la división que provocan en la lucha de clases es contraproducente y debilitan a la izquierda.

Me vienen a la mente estos asuntos leyendo artículos de prensa sobre las próximas elecciones presidenciales en México, en las que parece probable que, por primera vez, no salga de ellas un presidente sino una presidenta.

Leo algunas manifestaciones de López Obrador y entiendo que muchas mexicanas pueden sentir, como Kolontái o Zetkin, que bastantes hombres de izquierda ven las reivindicaciones feministas como un obstáculo para su proyecto. Es cierto que el gobierno de AMLO es el más paritario de la historia de México y que ha impulsado el anclaje constitucional de la despenalización del aborto o la aprobación de una ley de violencia vicaria.

Sin embargo, las contorsiones que hace el presidente para no declararse feminista -«no estoy contra el feminismo»-, sus acusaciones al movimiento feminista de ser conservador o de ir contra el gobierno, su apoyo a un gobernador de su partido con varias acusaciones por violación, o frases como «la Cuarta Transformación es feminista, ya eso se logró […] ahora lo que tenemos que tomar como objetivo es consolidar la transformación del país», dan la impresión de que para él el feminismo puede dejarse ya en segundo plano. Su lema «Primero los pobres» recuerda la idea de que primero está la lucha de clases y luego los problemas de las mujeres, por graves que sean.

¿Cambiarán las cosas con una presidenta, Claudia Sheinbaum, mujer de izquierdas y abiertamente feminista? Que ella lo sea no significa que lo sean sus políticas, piensan algunas activistas, viendo cómo hasta ahora la candidata se ha esforzado por apoyar en todo momento a López Obrador. Parece prometedor que uno de los puntos de su programa sea el de reforzar la lucha contra la violencia de género y reducir los asesinatos de mujeres. En México mueren asesinadas diez mujeres al día, casi treinta mil están desaparecidas y el número de violaciones es incontable. Y la impunidad es aterradora.

Por eso las activistas feministas de izquierda consideran que están muy bien la paridad y romper el techo de cristal de las mujeres, pero eso solo sirve para la que chocan con ese techo, mujeres cultas, empresarias, altas funcionarias. Pero el problema más grave lo tienen las que ni siquiera sueñan con ese techo, solo con que no las maltraten, no las violen, no las maten, no las desaparezcan. Conseguir eso es, a la vez, feminismo y lucha de clases. Es poner a las pobres primero, esto es, a las víctimas principales del patriarcado, de la violencia social y del capitalismo, que afectan a mujeres de todas las clases, pero no de forma homogénea.

Marx, Engels, Clara Zetkin, Aleksandra Kolontái, Harriet Taylor Mill, si levantaran la cabeza, seguramente asentirían.





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